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martes, 9 de diciembre de 2014

Lo que nadie te dice sobre la lactancia

Por Claudia Castro




No hay una imagen más emotiva que una madre amamantando a su bebé, pero no hay nada más alejado a esa paz y ternura que esa primera vez en la que la enfermera te lleva a tu hijo y tú te quedas con cara de ¿y ahora qué?

Leí muchas cosas sobre la lactancia mientras esperaba la llegada de Mateo, pero en realidad nunca leí nada sobre los retos que representan esta etapa:

¡Duele!

Yo me pregunto ¿cómo es que nadie me dijo lo mucho que dolía? Quienes ya han sido mamás, deberían terapearnos a las primerizas y decirnos que es uno de los mayores dolores que uno enfrenta cuando te acabas de convertir en mamá.

Recuerdo que cada vez que le iba a dar de comer a Mateo, sufría, me daba hasta pavor acercármelo por lo mucho que me iba a doler. No solo por la propia succión, sino además por los entuertos, que son esas contracciones del útero que se presentan cuando el bebé succiona el pezón.

Además, cada vez que se llenan los senos por la producción de la leche, duelen, se sienten hinchados y se presentan síntomas como de resfriado y cuerpo cortado; y ¡no se diga si se llegan a tapar ciertos conductos produciendo mastitis! 

Constancia

Pareciera que en cuanto nace el bebé por arte de magia tendremos leche y al menos en mi caso, la bajada de la leche no fue inmediata y mucho tuvo qué ver el que fuera cesárea. Por eso yo creo que antes de tirar la toalla y decir, “no tuve leche” lo importante es ser constante y ponértelo cada vez que tenga hambre aunque después tengas que completarlo con fórmula. Aunque tú creas que casi no te sale leche, recuerda que el recién nacido necesita muy poquito para llenar su pancita.

Toma mucha agua y come ensaladas y fruta. Yo comprobé lo que me decía la doctora: no se necesitan atoles, ni nada de esas cosas que sólo engordan para tener leche.

Presión social

Es típico que además de ir a conocer a tu bebé recién llegado del hospital, la suegra, las tías y las amigas te salgan con la pregunta ¿y le estás dando pecho? No te sientas mal de decir que todavía no tienes la suficiente leche como para llenarlo. La mayoría pasamos por eso. 

Que esa no sea una razón suficiente para darte por vencida. Puedes decir, apenas me está bajando pero por ello me pongo a mi bebé tan seguido como él quiere. Y de verdad, esa es la clave.

Además practica el apego, las duchas con agua caliente, los masajes y te sorprenderás cómo incluso te comenzará a salir leche un par de minutos antes de que tu bebé llore porque tiene hambre.

Pero si a pesar de eso, pasan los días y las semanas y no tuviste suficiente leche, no te sientas culpable de eso, ni te compares con otras mamás. Esa no es una condición que te haga ser una mejor o peor mamá.

Tranquila

A pesar de los dolores, de que llegues a presentar incluso mastitis, de los entuertos o de que incluso no tuvieras la suficiente leche y tuvieras que completar la alimentación con fórmula, nada como dejarte sorprender con las maravillas de la naturaleza y la lactancia es una de ellas.

Todo pasa y más pronto que tarde, tu bebé y tú habrán encontrado la postura correcta y cómoda para no padecer los terribles dolores por amamantar. Tus pezones se habrán acostumbrado y las llagas serán algo que no tendrás que seguir sufriendo. Cuando menos te lo imagines, no podrás evitar dejar salir algunas lágrimas completamente conmovida por ver a tu bebé alimentándose de ti.

Y ustedes, ¿qué otras cosas descubrieron con la lactancia?



martes, 2 de diciembre de 2014

Porque las mamás también necesitamos un respiro

Por Claudia Castro




El único trabajo que nos demanda tener disponibilidad inmediata las 24 horas del día, los 365 días del año y sin ninguna paga es ser mamá. Sin duda podemos decir que la mejor recompensa por este esfuerzo cotidiano son las sonrisas de nuestros pequeños, sus abrazos, el escucharlos llamarnos “mamá”, pero la verdad es que también para poder estar enteras y dispuestas, con actitud, relajadas y en equilibrio, necesitamos un respiro.

Y miren que se los dice alguien que difícilmente logra dárselo. Me cuesta mucho trabajo pensar en mí antes que en mi hijo y/o en mi esposo.

A veces me siento como un hámster en su rueda desde que empieza mi día, hasta que termina: Soy la mamá, la esposa, la reportera, la hija, la hermana, y otros días, también soy la amiga, la vecina, la estilista, la consejera, la cocinera y hasta la veterinaria.

Uno anda por la vida tratando de cumplir con todos esos roles y queriendo quedar bien con todo mundo, que con frecuencia nos olvidamos del más importante: antes que todo somos mujeres y como tales necesitamos querernos, consentirnos, tener nuestro espacio, ser importantes para nosotras mismas.

Ahora, de decirlo a hacerlo, hay un abismo de distancia. Hay un sentimiento que parece poner un freno a toda intención por darnos un lugar importante en nuestra propia vida que se llama ¡Culpa!

¿Por qué existe? De verdad que si no fuera por esa bendita culpa, uno andaría tan quitado de la pena por la vida. Pero, ¡Ah, no! Tiene que estar ese diablillo enjuiciador diciéndonos, “¿Cómo puedes irte a seguir realizándote profesionalmente cuando acabas de ‘abandonar’ a tu hijo en la guardería?”, “¿Cómo eres capaz de irte con tu esposo al cine y andar como si fueran solteritos cuando tienes a un bebé en casa?”, “¿Cómo puedes pensar en un cambio de look o en comprarte ropa o zapatos, cuando ahora lo que tienes que comprar es leche y pañales?”

Y a todas esas preguntas deberíamos de respondernos, ¡claro que puedo hacerlo, no sólo porque ya cumplí con mi deber de mamá, esposa y bla, bla, bla… sino porque además me lo merezco y punto!
Así que el primer paso para poder procurarnos a nosotras mismas es hacer la culpa a un lado y comenzar con pequeñas acciones diarias. Les doy algunas ideas, que no por llevarlas a cabo nos hacen malas madres…
  1. Ir al cine con el esposo o las amigas
  2. Tener una cena romántica con el esposo
  3. Tomar el café con las amigas
  4. Organizar un desayuno con las vecinas
  5. Ir sola de compras
  6. Teñirse el cabello, hacerse manicure/ pedicure
  7. Tomar una siesta mientras el bebé disfruta un tiempo a solas con papá
  8. Tomar un baño con agua caliente 
  9. Leer su libro favorito
  10. Ver su serie preferida en Netflix
En mi caso, salir a mis eventos y conferencias de prensa es mi principal válvula de escape. Disfruto desde el tener qué arreglarme, pensar en qué me pongo, cómo me peino, escuchar las noticias en mi coche durante el trayecto o cantar una de mis canciones favoritas a todo pulmón mientras espero el verde del semáforo; luego llegar, platicar con mis compañeros, conocer gente nueva, escuchar historias, pensar en la nota, redactar… ¡Todas esas cosas recargan mi pila!

Ser mamá requiere de tanta energía, que a veces ni el propio descanso es tan reparador. Necesitamos encontrar esas cosas que sirvan de alimento para nuestra autoestima, para sentirnos íntegras, completas, felices, en armonía y no que nos conviertan en madres histéricas que se la pasen dándoles de gritos a sus hijos… Bueno, eso pienso o ¿ustedes cómo ven?

lunes, 24 de noviembre de 2014

Llegó la hora de gatear

Por Claudia Castro




A los 6 meses Mateo había comenzado a gatear. Motivado en gran medida por mis perros: siempre quiere alcanzarlos y se ataca de la risa cada que los otros logran escapársele. Así que estos juegos fueron el detonante principal para poner a prueba sus habilidades motoras.

He leído que la edad en la que los niños empiezan a gatear es entre los 6 y los 10 meses, pero evidentemente entre más cuenten con factores externos que los estimulen, a más temprana edad lograrán desplazarse por sí mismos.

Sin embargo, si me parece súper básico insistirles en que cada niño tiene sus tiempos y uno como papá tiene que respetarlos. Es algo indispensable para que pueda desarrollar la confianza en sí mismo.

Así que si su bebé no ha empezado a gatear,  les dejo algunas consideraciones:

1. Los bebés empiezan a gatear cuando han adquirido la suficiente fuerza en su cuellito, cabeza, brazos y piernas, como para comenzar a desplazarse. Algunos bebés comienzan por moverse sentados o gateando hacia atrás.

2. Hay bebés que se saltan la fase del gateo y pasan directamente a la de caminar. Esto ocurre principalmente porque pasaron poco tiempo boca abajo como para practicar el ponerse en “cuatro patas”.

3. Lo peor que pueden hacer durante este periodo (como en todos) es comparar. ¡Olvídense que si los amiguitos de su hijo comenzaron antes a gatear y ya hasta caminan! Debemos tener claro que cada uno tiene su tiempo y respetarlos en ese sentido es permitirles madurar cada etapa promoviendo un desarrollo sano y feliz.

Ahora, como mamás y papás en general, si hay algunas cosas que podemos hacer para motivarlos.

1. Ponerlo con la pancita abajo le ayudará a ir ganando fuerza en la espalda y el cuellito. Si bien esta postura se nos dice que evitemos por la muerte de cuna, despierto y bajo nuestra supervisión, podemos ponerlos por ratitos boca abajo.

2. Hay juguetes que se desplazan, incluso con musiquita, para que los bebés busquen alcanzarlos. Son una excelente opción para este momento. Podemos ponerles almohadas en el suelo a manera de obstáculos y de protección.

3. Los niños todo aprenden con el ejemplo. Así que mamás y papás, ¡a gatear! Verán cómo se divierten junto a sus bebés con este ejercicio y ellos aprenderán sólo con verlos. Pueden jugar a perseguirse, a las carreritas…

4. Los tapetes de fomi son ideales para este momento y eso sí, a quitar de su alcance todas las cosas que puedan representar un peligro.

A pesar de que cada uno tiene su ritmo para desarrollarse, si no notas ningún interés en moverse, ya sea arrastrándose, apoyándose en los antebrazos, rodándose o impulsándose, lo mejor es que consultes con tu pediatra.

Y si ya está gateando, no desesperes por verlo caminar. Cuando menos te lo esperes, ¡no sólo caminará sino que a ti te pondrá a correr!






martes, 18 de noviembre de 2014

¡Alto!... Yo soy la mamá

Por Claudia Castro




Les seré franca: cuando nació Mateo, decidí que mi esposo y yo enfrentaríamos ese momento solos. No quise irme a casa de mis papás, ni que ellos vinieran a la mía y tampoco quise recibir apoyo por parte de la familia de Juan Manuel.

No es que me sintiera autosuficiente, en esos momentos estaba muuuuy lejos de serlo. De hecho muchas veces Juan Manuel me insistió en que pensara bien esa decisión, y justo lo que me orilló a tomarla fue que yo no quería a nadie más, además de mi esposo obviamente, opinando sobre lo que tenía que hacer con mi hijo.

Generalmente los mayores, ya sean los papás, las tías, los suegros, hasta los amigos que ya pasaron por esto se sienten con la autoridad de darte consejos sobre lo que estás haciendo con tus hijos. 

Parte de la naturaleza humana es criticar todo el tiempo lo que hace el otro, asumiendo que uno lo haría mejor, o como dice el refrán “vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.

Era claro que como madre primeriza iba a cometer muchos errores a pesar de que había consumido mucha información durante los meses previos al nacimiento de mi hijo. Lo tuve claro cuando nació Mateo y lo tengo claro ahora. 

No hay un manual de cómo ser un buen padre (¡Ojalá lo hubiera!) y las cosas que le funcionan a una mamá, no son las mismas que aplican con otra. Cada quien sus hijos, sus métodos, sus costumbres, sus hábitos, cada familia, cada papá, cada niño es diferente y qué maravilloso que exista esa diversidad.

No les voy a negar que he lidiado con comentarios como “deberías de ponerle un gorro al niño”, “no deberías dejar que tus perros se acerquen tanto a Mateo”, “deberías de dormirlo más temprano”, “no deberías de acostumbrarlo a los brazos”, “deberías de combinarle tu leche con fórmula para que se vaya acostumbrando”… ¡En fin! Y hay comentarios bien intencionados y otros que quizá no lo sean tanto y nos hacen incluso dudar de nuestra propia capacidad como  mamás.

Con apenas un año y 2 meses que llevo como mamá me queda claro que no soy perfecta, pero también que yo soy la mamá, con las responsabilidades y las consecuencias de las decisiones que esto conlleva. Y en eso es algo en lo que mi esposo y yo nos hemos puesto de acuerdo: los papás somos nosotros.

Sabemos que en nuestra casa, las reglas las ponemos él y yo, y tratamos que esos acuerdos permeen incluso hacia las personas cercanas con la educación de Mateo -como es el caso de mi papá que participa muchísimo en el cuidado del pequeño- para no desvirtuar temas tan importantes para la crianza de un hijo como lo es la autoridad.

Así que les comparto algunos tips que me han funcionado con los comentarios “metiches”:

1. No te enganches. Escucha los comentarios, buenos y positivos que te hagan, toma los buenos y ni te desgastes en responder a las críticas. Piensa que no le podrás dar gusto a los demás, pero al final, no venimos a este mundo para eso, así que qué te preocupa.

2. Establece límites. Aunque no ha sido mi caso, si considero importante que cuando algún familiar se entromete demasiado en la educación de tu hijo, de manera respetuosa le hagas saber que le agradeces su preocupación, pero tú estás consciente de lo que estás haciendo.

3. Genera acuerdos. Ya sea con tu pareja y/o las personas que están involucrados en la educación de tus hijos -como pudieran ser los abuelos- platica sobre los aspectos básicos que quieres inculcarles y cómo quieres lograrlo. Esto te ayudará a evitar que uno sea el bueno y otro el malo de la película, lo cual termina complicando la situación cuando se trata de poner límites.

4. Asume tus decisiones. Es muy fácil decir que si hiciste o dejaste de hacer fue porque te lo recomendó tu suegra. Recuerda que el hijo es tuyo y quien toma la última decisión eres tú.

5. Haz lo que te dicte tu corazón y no dudes de tu capacidad. Si tú quieres cargar a tu hijo, cárgalo todo lo que quieras, hasta que te canses. El día de mañana comenzará a caminar y a ser más independiente, o será un niño grande que no querrá seguir en los brazos de mamá.


martes, 11 de noviembre de 2014

Los niños y las mascotas

Por Claudia Castro

"El perro le enseña al niño la fidelidad, la perseverancia…y a dar tres vueltas antes de acostarse”
Robert Charles Benchey, humorista norteamericano (1889-1945)






Si algo me hace muy, pero muy feliz en la vida, es ver a Mateo jugar con mis perros. 

Y si bien es algo que disfruto mucho ahora, he pasado por momentos de estrés y de mucho trabajo desde el momento en que supe que estaba embarazada.

Siempre que platico que tengo 3 perros en casa, me gusta ver la cara de asombro y sorpresa de las personas. ¡Hay quien ni siquiera se atreve a tener uno y yo digo que tengo 3 con tanta naturalidad!

Siento que Canelo, Laika y Spuky me acercaron mucho a la maternidad desde antes de que fuera mamá de Mateo. Me enseñaron a ser responsable con alguien que dependía 100% de mí. He estado con ellos lo mismo divirtiéndonos en el parque, acostados en la cama viendo una película, que en el hospital cuando me dijeron que Spuky tenía pocas posibilidades de vencer al parásito que traía en la barriga y vi nacer a los cachorros del Canelo y la Laika.

Tengo una conexión muy fuerte con ellos, los quiero y me quieren, y puedo presumir que lo hacen como a nadie más en casa. Prácticamente para ellos soy lo único que tienen. Quizá sólo quienes tienen mascotas y los aman tan profundamente como yo a los míos, podrán entender que los veo como si fueran mis “hijos” perrunos.

Cuando me embaracé no faltaba quién me decía, y ahora ¿qué vas a hacer con tus perros?.... Me parecía una pregunta tan absurda. ¿De verdad esperaban que les dijera, pues ¡echarlos a la calle!? 

Mi esposo y yo decidimos tenerlos y no fue en “vía de mientras” llegaban los hijos. Fue asumir esa responsabilidad hasta el último día de sus vidas o de las nuestras. Así lo vimos cuando llegó cada uno de ellos. 

Pero no puedo negarles que recibí muchos comentarios que llegué a estresarme sobre cómo resolvería este asunto. Así que puse manos a la obra y llevé a cabo estos tips:

Para la llegada del bebé

1. Quedaron súper limpios, con las vacunas al día y desparasitados desde días antes de que naciera Mateo.
2. Les hablé mucho sobre la llegada de “mi cachorro”. Seguro lo entendían porque incluso desde que estaba en la panza, se recostaban en ella y alzaban las orejas cuando lo escuchaban o lo sentían.
3. Desde el primer día les presenté a Mateo. Dejé que se acercaran, lo olisquearan y lo reconocieran.

Retos

Si tener un bebé en casa no es fácil, créanme que con 3 perros, ¡menos! 

No falta que cuando por fin se durmió, alguno ladra y lo despierta. Que quiera probar sus croquetas o quiera estar metiendo las manos al bebedero de los perros.

Pero también juegan. Mateo se divierte mucho con ellos y creo que intentar perseguirlos le ayudó mucho para comenzar a gatear a los 6 meses. El tema de establecer límites tanto con el perro, como con el niño es esencial para la sana convivencia y el respeto, y ese es el mayor reto al que me he enfrentado.

1. Los niños juegan brusco, así que hay que enseñarles a respetar a las mascotas, que son seres vivos que sienten y les duelen los jalones de orejas o de cola.
2. El perro resiente la pérdida de atención con la llegada de un bebé, así que hay que dedicarles momentos de cariños, procurar sus paseos diarios u otro tiempo dedicado a ellos del que ahora el nuevo integrante puede formar parte.

Beneficios

Según los expertos, entre los beneficios para los niños de tener una mascota en casa, están:

1. Disminuye el estrés, lo que ayuda a que sean  niños menos agresivos.
2. Mejora la autoestima y el bienestar psicológico, pues se sienten muy queridos por su mascota y, al cumplir con la obligación de alimentarlos, limpiarlos y cuidar de ellos, estamos creando en su interior una sensación de utilidad y motivación muy positivas.
3. Exige un incremento en la actividad física, hecho de relevada importancia, dado el sedentarismo que hoy en día padecen nuestros hijos.
4. Acelera el desarrollo psicomotor a través del juego, el ejercicio, la persecución, las risas, etc.
5. Desarrollan el valor de la responsabilidad.

Ahora, ¡ojo! Si no tienen una mascota, y les gustaría tener una, yo sólo les recomendaría considerar la edad del niño. Tanto niño como mascota demandan atención y eso significa mucho trabajo, así que si como mamás (que somos las que finalmente llevamos la carga más pesada del orden y la limpieza en casa) no están dispuestas a ello, ni ilusionen a sus hijos porque lo peor es el tema de los animales abandonados y encima, que como papás demos un ejemplo de ese tipo a nuestros hijos.

Así que si caminando por la calle se encuentran a una mamá con su chamaco en la carreola y 3 schnauzer a los lados, ¡esa soy yo!

martes, 4 de noviembre de 2014

El ejercicio en los niños

Por Claudia Castro



Resulta que no soy la más activa, ni me encanta el ejercicio. 

Entre semana trato de comer sano y soy fan de las ensaladas, los jugos, la fruta y las verduras, aunque tampoco les niego que los fines de semana si me puedo dar unos atracones de tacos, no le hago el feo a unas quesadillas, ni a una gordita de chicharrón.

Y así he venido muy campante por la vida, poco preocupada por hacer ejercicio y quizá recurría a él no por hábito, sino para bajar de peso, y la verdad es que haciendo un poco de caminadora o escaladora lo conseguía, ¡Claro, antes, porque con el paso de los años, el cuerpo y el metabolismo no responden igual!

De niña las cosas eran distintas. Llegué a jugar muchas veces con mis primos en la calle, andaba en bicicleta, en patines, jugábamos “stop”, “las traes”, “avioncito”, “resorte”, brincábamos la cuerda. 

Pero los tiempos han cambiado y no quiero verme como viejita por expresarlo así. 

Es simplemente que si ahora llevamos una vida sedentaria cuando de niños salimos a jugar y andábamos correteándonos con la cabeza sudorosa, no sé qué les espera a nuestros hijos si hoy sus juegos son frente a la televisión y basta un Ipad en las manos para tener horas de entretenimiento.

Ahí les van unos datos para que nos caiga el veinte:

- De acuerdo con el Dr. John Duperly, especialista de la Universidad de Rosario en Colombia, hacer ejercicio con regularidad puede incrementar hasta 10 años la expectativa de vida, además de que reduce hasta en un 50 por ciento la probabilidad de desarrollar enfermedades crónicas, según lo demuestra la evidencia científica recopilada por distintos especialistas.

- En América Latina se podrían evitar cerca de 690,000 muertes por año con políticas públicas que incorporen la actividad física en la vida de los ciudadanos

- La falta de actividad física representa un mayor riesgo de muerte prematura, incluso que el sobrepeso y la obesidad.

- Entre el 6 y el 10 por ciento de la ocurrencia de casos de enfermedades crónicas tienen su origen en la falta de ejercicio, y es que de acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, al menos 31% de la población mundial no realiza el mínimo de actividad física necesaria para conservar una buena salud, es decir al menos 30 minutos de actividad moderada por 5 días a la semana.

- Según la aseguradora GNP, 3 hábitos podían reducir considerablemente el riesgo de padecer enfermedades mortales como lo son la diabetes, cáncer (de cualquier tipo) e infartos: comer sano, hacer ejercicio y dejar de fumar.

Como papás, si queremos estar sanos para nuestros hijos, disfrutar con ellos mucho tiempo, correr, cargarlos, jugar sin terminar sofocados y sin aire, necesitamos cuidarnos y ¡hacerlo desde ya!

Pero si además, queremos inculcarles buenos hábitos a nuestros hijos como estos 3 que acabo de comentarles, pues tenemos que predicar con el ejemplo, no hay de otra.

Yo no puedo decirle a Mateo, “hijo, es muy importante que hagas ejercicio para mantenerte activo y estar sano”, mientras estoy sentada frente a la televisión comiéndome unas papas fritas. ¡Sería el colmo!

Si quiero que le guste hacer ejercicio, tiene que verme hacerlo, encontrar la manera de que lo disfrutemos juntos y convertirlo en un hábito desde ahora que es pequeño.

Y en ese sentido el reto lo tenemos los adultos y somos nosotros quienes tenemos que cambiarnos el chip. 

Quizá si antes no hacía ejercicio porque no me gustaba o porque no lo necesitaba, no le encontraba sentido o lo que fuera, justo estoy en ese proceso de encontrar cosas que me motiven y que pueda disfrutar con Mateo. 

Así que ahora salimos por las tardes a caminar o andar en bicicleta con todo y mis perros y la siguiente semana iniciaremos con sus clases de natación, por algo se empieza, ¿no creen?

¿Y ustedes, qué están haciendo por inculcarles el ejercicio a sus hijos?  

martes, 28 de octubre de 2014

Las ventajas de un trabajo flexible

Por Claudia Castro

Aquí Mateo negándose a ser reportero, ja!



No estoy en contra de las guarderías, simplemente es un tema que está completamente fuera de mi cabeza.

De niña nunca fui a una guardería y en mi entorno tampoco fue algo de lo que siquiera se hablara. 
Creo que tiene mucho qué ver con que vengo de una familia en la que mi mamá dejó de trabajar para cuidar de mi hermana y de mí, y hasta la fecha lo más cercano que tengo a la idea de separarse madre e hijo es la inminente entrada al kínder.

Contradictoriamente, tampoco me vi nunca como una mujer que dejara de trabajar para dedicarse al 100% a sus hijos. Valoro mucho a quienes toman esa decisión porque sé que estar todo el día con los hijos y encima responsabilizarse de los quehaceres del hogar no es nada fácil, pero al día de hoy no he contemplado ni por equivocación dejar mi trabajo.

El periodismo es algo que me llena, disfruto salir a las conferencias, tener entrevistas, escribir mis notas… En fin, ya les hablaré otro día de esto. 

El punto es que ni antes de embarazarme, ni embarazada me detenía a pensar cómo resolvería este tema.

Con Mateo en brazos, mi esposo me planteó varias veces la necesidad de buscar alguna guardería y jamás, ni siquiera por Internet, busqué nada al respecto.

Esa idea mía de creer que puedo con todo, me hacía imaginar que las cosas serían más fáciles de lo que pensaba. Y no son fáciles, pero tampoco imposibles y aquí me tienen haciendo de todo.

Realmente me siento muy afortunada de tener un trabajo que me permite organizar mis horarios aunque a veces tenga que partirme en mil pedazos, y me da oportunidad de ser mamá, ama de casa y esposa sin dejar de ser la otra parte que tanto amo de mi vida, ser reportera.

En medio de todo esto, mi papá se ha vuelto un pilar súper importante para Mateo y para mí. Es mi brazo derecho para cuidarlo cuando Juan Manuel y yo andamos en el trabajo. Sin su apoyo quizá hubiera tenido que recurrir a la guardería en algún momento.

Por otro lado, sé que es posible que al decidir no llevarlo a una guardería y como hijo único, también estoy negándole la posibilidad de crecer más desenvuelto, pero lo veo jugar a un lado de mí mientras yo redacto mis notas, lo arrullo para que se duerma, compartimos la hora de la comida y muchas otras cosas en el día, que puedo asegurarles que ni a él, ni a mí nos ha hecho falta pensar en ese tema, o al menos no por el momento.

Por eso creo que a la hora que vayan a tomar una decisión de este tipo, lo mejor es pensar qué es lo que les hará sentir más tranquilas a ustedes como mamás o como papás, si es que toman la decisión junto con su pareja: ¿seguir trabajando, dejar de hacerlo y dedicarse a sus hijos, optar por la guardería, pedir ayuda dentro de su familia?

Mientras nuestros hijos nos vean contentos con lo que hacemos, no se sentirán mal de quedarse en la guardería, ni al cuidado de los abuelos, ni nosotros sentiremos culpa por dejarlos. ¿O ustedes qué opinan?

martes, 21 de octubre de 2014

Paciencia, mi mejor estrategia para ser mamá

Por Claudia Castro


En los casi 14 meses que llevo como mamá, he aprendido tantas cosas de Mateo, que este breve espacio no me alcanzaría para describirlas.

Sin embargo, durante estos meses me he encontrado con una parte de mí misma a la que no le había sacado su potencial como lo estoy haciendo ahora.

No sé si en realidad tenga algo que ver con que, como buena Virgo, soy extremadamente perfeccionista y si algo me molesta (o me molestaba hasta antes de Mateo) era que las cosas no me salieran como yo quisiera.

Y como era lógico, cuando me convertí en mamá, todas las cosas que vivía me estaban tomando tan de por sorpresa, que nada me salía como yo pensaba que las cosas tenían que salir.

Recuerdo el día que me quedé sola por primera vez a los pocos días de haber nacido mi hijo: Mateo lloraba, yo no entendía cómo es que decían que una mamá sabe qué tiene su hijo con tan sólo escucharlo llorar. No sabía cómo sacarle el aire después de comer, siempre se quedaba con hambre y por más que lo arrullaba no quería dormir. 

Él lloraba y yo junto con él.

No sé qué hubiera hecho esos días en los que las hormonas, el cansancio y la falta de experiencia me llevaban a pensar con frecuencia que no estaba siendo una buena mamá, si no hubiera tenido el apoyo que todos los días me daba Juan Manuel, mi esposo.

Y en esos días aprendí a ser paciente para disfrutar de mi nuevo papel de mamá. Dejé de pensar en que las cosas tenían que estar fríamente calculadas (¡Al menos no en esto!) y empecé a actuar con paciencia y a entender que los tiempos de mi hijo son diferentes a los míos.

Probé mil formas para intentar sacarle el aire hasta que por fin lo conseguí, he querido dormirlo de mil maneras hasta que ahora basta con que nos abracemos a ver un video para bebés que termina por conciliar el sueño.

Soy paciente cuando no quiere dormir y lo soy también cuando comienza a hacer un berrinche porque en aún esos momentos, lo miro a los ojos, mantengo la calma y así trato de transmitírselo, le digo que comprendo su sentimiento pero también que no tiene por qué actuar así. Y hasta ahora me ha funcionado.

En medio de todo esto me he soltado a disfrutar. A ser menos clavada en la perfección, ver más allá de las altas metas y sentirme una mamá plena con tan solo verlo jugar con mis perros, porque dicho sea de paso, ese es uno de los momentos que verdaderamente me llena.

A su lado he aprendido que la vida es mucho más sencilla que las telarañas que uno como adulto comienza a construirse y que terminan por convertirse en obstáculos.

Ahora disfruto de las cosas simples de la vida, como lo hace un niño, pero con las vivencias que me han dejado mis 31 años.


martes, 14 de octubre de 2014

¿Preparada para ser mamá?

Por Claudia Castro

Llevaba algunos meses queriéndome embarazar y no´más nada. A finales del 2012 platiqué con mi esposo y acordamos que antes de que se convirtiera en un deseo frustrado, dejaríamos ese tema por la paz y nos refugiaríamos en la idea de que los tiempos de Dios son perfectos y el bebé llegaría cuando tuviera que llegar.

Empezó 2013 y un día mientras escribía la nota del día siguiente, caí en cuenta que llevaba algunos días de retraso. Repasé cómo me había sentido los últimos días y enseguida supe que estaba embarazada.

Corrí a comprar la prueba de embarazo, los nervios estaban a todo lo que daban. Salió positivo, mis manos y piernas temblaban, sabía que era cierto porque tenía los síntomas, pero no lo podía creer. Tan no lo creí que se lo dije a Juan Manuel, mi esposo, hasta el día siguiente.

Al otro día volví a hacerme otra prueba. ¡Es que de verdad no lo creía!... Para cuando Juan Manuel regresó del trabajo se topó con un regalo que le había dejado en su buró. Contenía una mamila con la prueba de embarazo y una carta.

Apenas lo abrió no pudo contener las lágrimas y obviamente ¡yo menos! Nos abrazamos, lloramos y lloramos y lloramos… Entre que somos sensibles, cursis y la noticia simplemente nos volvía locos porque creímos que tendríamos que esperar otro rato antes de ser papás, ese día se convirtió en uno de los mejores de nuestras vidas.

Y aunque fue un bebé deseado, también la noticia me llenaba de muchos nervios. Me daba mucha emoción pensar en su llegada, pero a la vez me llenaba de dudas y temores sobre si sería una buena madre, si estaba preparada para tener a un bebé entre mis brazos.

Sinceramente creo que me convertí en mamá en el mejor momento de mi vida. No porque estuviera preparada para serlo (hoy mismo me pregunto si lo estoy), sino porque tenía plena conciencia de querer ser mamá.

Disfruté desde ese primer momento en que supe que un pedacito de mi esposo y mío crecía dentro de mí, hasta los antojos, los achaques, las apapachadas que yo misma me daba dándome el lujo de dormir cada que podía o tomar un baño caliente.

Disfruté ver crecer mi panza, acariciarla hasta decir basta, tomarme fotos, las visitas al ginecólogo y que la doctora me dijera que todo iba perfecto, enterarme que sería mamá de un niño y preparar su llegada, las atenciones y cuidados que tenían mis compañeros y jefe, y hasta podernos estacionar en lugares para embarazadas, jajaja!

Fui tan feliz mientras lo sentí crecer dentro de mí, pero creo que aún así no se compara con ver sus ojitos, besuquearlo, cargarlo, escucharlo reír. Son etapas distintas y uno tiene que soltarse a disfrutar. Ser la mamá de Mateo ha sido la bendición más grande de mi vida y aunque cada día saltan nuevos temores, en ninguna otra etapa de mi vida había sentido esa confianza en mí misma para pensar que puedo enfrentarlos y vencerlos.